"Es solo una página en blanco, nada más. No hay de que asustarse. Tu vida no es reflejo de ella. Algunos rellenan páginas enteras con absoluta mierda o con nimiedades que ni a ellos les importa". Me dijo mientras pasaba otro día entero frente a ese vasto mar blanco. Nada surgía, solo ideas inconexas de vidas que nunca viví. Mentira sobre mentira explotaban dentro de mi cabeza, para qué?! Para llenar un papel y poder mostrárselo a un editor sanguinolento, ansioso de plasmar toda su frustración con macabros hachazos sobre mis escritos. Más de una vez se rieron de mí y otras más quedaron asombrados ante mi elocuente verborragia. Pero ya iba a cumplirse más de un año desde que puse en blanco y negro una idea (una que valiera la pena). Tal vez una carrera accidentada o capaz una incapacidad sentimental, o lo más posible, una total falta de voluntad.
Sea
cual fuere la causa de mi bloqueo, me propuse, me obligué a levantar mi pesado
cuerpo y mover las teclas de una anquilosada máquina de escribir. Dicen que las
musas acuden cuando uno está trabajando, y ahí me encontraba haciendo lo mío.
Sin embargo me pareció que las musas habrían tenido una demora en su viaje a mi
casa, o se habían quedado en la peluquería de la esquina peinando sus mitológicos
bucles y riéndose de los no tan mitológicos chismes de la farándula. Cualquiera
de las dos causas, me dejaban en el mismo lugar que antes. Pero no iba a perder
mis ánimos, ya que siempre fui alguien que aún en los momentos mas sombríos de
su historia, ha logrado impulsarse hacia adelante y hacia arriba. Aunque en
estos últimos tiempos ella lograba mejores resultados que mis propias reservas
enérgicas. Sus comentarios, que como saetas que voladoras me despertaban de mis
extensivas siestas; o sus brebajes negros y espesos que mantendrían a todo un
regimiento despierto por lo que resta de la eternidad. Ella más que nadie
deseaba que fuera el próximo Cortázar, Mann o Poe (obviando el final
etílico-gótico que tuvo este último). Ella soñaba con incandescentes spotlights
sobre mí, siguiendo cada paso en un escenario tan vasto como el mismo Teatro
Colón; mientras yo me imaginaba más disfrutando una que otra sonrisa fugaz de
algún extraño que en una casualidad reconociese mi cara de las pequeñas fotos
de algún que otro libro mío. No era falsa modestia, si no una sensación de
accomplishment desde un lugar lejano, una mano invisible que ayudase al
desprotegido en la tormenta de la vida. Es en las sombras donde los
sentimientos se encuentran, y es ahí donde quería estar. No hablo de las
sombras del Averno, ni las sombras de la desolación; si no del lado oscuro de
las personas, la porción del iceberg que no se ve. Usualmente se dice que cada
uno es una isla , yo siempre pensé que las islas se adentran en la tierra miles
y miles de kilómetros hacia adentro, tal como sucede con nuestros sentimientos.
Y era ahí donde yo quería actuar.
Sin
embargo ese papel iba a quedar para siempre en blanco. Por qué no dejar al
lector ser creador esta vez? Por qué no generar la duda y la incertidumbre? Por
qué no enfrentarlo contra la nada, contra él mismo? Que completen los blancos
ellos mismos, que salgan ellos de su letargo y se pongan a trabajar. Sí, eso
haría. Si al final, es solo una página en blanco, nada más.
Fermín Amarfil
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